Reseña y opinión : XVII Premio UPC 2007 (VV.AA) : 664

Fichita:Editorial: Ediciones BEscritor: Varios AutoresPáginas : 361ISBN : 978-84-666-3784-8Valoración: 664Status : PasablePrecio (aprox.) : 21.00€Opinión:Otro año, otra novela del premio UPC, tengo una pequeña tradición de leer siempre la novel… Continue reading

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Verseá tranquilo, con mi maestro

Hacer el verso 1999 - Marcelo di Marco Inconvenientes y situaciones de todo tipo me estuvieron impidiendo, en este último mes, ocuparme de mi querida fauna abisal. Incluso hoy mismo estoy con un resfrío bastante molesto que no deja de pedirme que me meta en la cama y chau, pero le prometí esta nota a mi maestro hace ya una semana y no le quiero fallar. Sobre todo, porque su libro me ayudó mucho más de lo que pueda parecer o de lo que él mismo pueda llegar a esperar.

Hacer el verso 2009 - Marcelo di Marco No es un libro más. Hacer el verso (Apuntes, ejemplos y prácticas para escribir poesía), no es un libro más. Y la razón (feliz razón) de esta nota es que los señores de Sudamericana (ahora Random House Mondadori, a través de su sello Debolsillo) han tenido la excelente idea –¡ya era hora!- de reeditarlo y ponerlo nuevamente al alcance de todos, como el maravilloso espantapájaros de Girondo. Así es: Hacer el verso, de Marcelo di Marco, la Biblia de los poetas en ciernes, en formación y en maceración está de nuevo en las calles.

Déjenme contarles brevemente de qué se trata y cuáles son, en mi opinión, sus puntos más fuertes. Son 100 notas ágiles, divertidas y amenas, escritas con la misma impronta que las del Taller de Corte & Corrección, sobre poesía. Sobre esa maravilla absoluta que es la poesía. O sobre cómo se hace (y se puede hacer) poesía. O sobre lo que significa poner a rodar un poema en el mundo, echar a volar versos sobre este hórrido mundo que vivir nos toca. O, más aún, sobre la delicada, maravillosa y visceral tarea que es ponerse a cincelar palabras como el orfebre, con paciencia infinita, realiza sus maravillas en el duro y frío metal. Pero eso no es todo: el libro trae, además, numerosos y útiles ejercicios, tanto para aquellos que apenas están dando sus primeros pasos en alas de Pegaso, como para aquellos que ya lo tienen bien domado (o eso creen, como fue el caso de una servidora). Por si eso fuera poco, sus dos golazos absolutos son, en mi opinión, la inclusión de gran cantidad de ejemplos poéticos de poesía argentina actual (y remarco esto bien remarcado, porque hubiera sido mucho más fácil y expeditivo buscar ejemplos en los grandes clásicos y chau) y las IMPERDIBLES (sí, así, con mayúsculas y subrayado) entrevistas a poetas argentinos que están (o estaban) escribiendo en esos/estos mismos momentos. No hay una entrevista en la que no se encuentre una gema, una pepita de oro puro lista para ser tomada por la mano ávida de conocimientos acerca de una de las cosas más inefables que hay en el mundo: la poesía, el poema.

Este libro llegó a mí en el verano del 2004. Me lo regaló uno de mis mejores amigos (y mi co-equiper literario del boletín y de otros proyectos que estamos actualmente pergeñando), Cristian Vaccarini. Lo encontró, como suele suceder, en la mesa de saldos de una de las grandes librerías de Corrientes y, conocedor de la trayectoria de di Marco, no dudó un instante en agenciarse un ejemplar para él y otro para su compinche literaria favorita. Yo conocía a Marcelo como quien dice “de oídas” (o “de vistas”), sabía quién era y lo que hacía, pero no había leído nada suyo aún. Al comenzar a leerlo (y a realizar los ejercicios propuestos) me di cuenta inmediatamente de dos cosas: una, que estábamos en la misma sintonía en lo que a entender la poesía y la literatura como una actitud de vida se refiere y, la otra, que si realmente quería que mi poesía fuera poesía y no sólo balbuceos de principiante adornados bonitamente iba a hacer muy bien en seguir las indicaciones propuestas en su libro.

Y así fue. La prueba más palpable de eso no fue sólo comprender más a fondo cómo funciona el proceso de creación artística (tan bien graficado en las expresiones “etapa volcánica” y “etapa quirúrgica”) si no ver, in vivo, los cambios que se producían en los poemas una vez que eran corregidos y revisados siguiendo muchas de las tácticas y prácticas propuestas por di Marco. No sólo estábamos en una misma sintonía en lo que se refiere a la práctica de la poesía sino también en lo que se refiere a la importancia de la corrección, de la revisión, de aquella “labor limae” a la que con tanto tino se referían los poetas griegos y latinos hace unos dos mil años aproximadamente. Es por eso, intuyo, que al momento de conocernos personalmente fue como si nos conociéramos de toda la vida y hoy día, cuando ya hace más de un año que concurro a su taller, me sigue pareciendo que Marcelo ha estado siempre ahí, guiándome y aconsejándome. Primero con sus libros, ahora con su palabra en vivo y en directo.

Animo, como siempre que alguien me ha preguntado por esto, a todas las personas con inquietudes poéticas valederas, que vayan más allá de unas rimas de ocasión o de la terapéutica descarga de emociones que no se sabe cómo canalizar por otro lado, a que consigan sin dilación este libro. No tiene sólo “lecciones”, por así decirlo, de poesía si no también de vida.

Para finalizar, algunas pastillitas del libro y la transcripción de un poema mío (me perdonarán la arrogancia) en su versión original y en su versión corregida y pulida siguiendo muchas de las propuestas de Hacer el verso:

 

Pastillitas:

- “Existe una enorme diferencia entre expresarse poéticamente, con garra, con delirio… y componer ‘versitos’ más o menos bonitos, palabritas dulzonas y con musiquita incorporada.”

- “En un mundo estúpido y diabólico, donde la mayoría ni siquiera puede cuestionarse para qué vive, la poesía no sólo es necesaria sino que justifica todo lo que de humano tienen nuestras acciones.”

- “Según Paul Eluard, poesía es ‘dar a ver’. Vivir como artista es encontrar otra manera de ver, para después decir.

Y una vez que el poema está escrito, le toca al otro, al lector: él completa el círculo, viendo.”

- “La ausencia de buena poesía en nuestra mesa de luz nos hace partir de una idea equivocada. Y se escribe, entonces, desde una imagen inventada de ‘poeta’, haciendo como que se escribe poesía. Todos los clichés hacen del afán de ‘hacer literatura’, de escribir bonito.”

- “A escribir se aprende escribiendo y, sobre todo, leyendo. A trabajar se aprende viendo procedimientos de otros poetas, para ir descubriendo los propios.”

- “Si el poema no conmueve, si el poema no encandila la mirada del otro y la dirige hacia ese deslumbrante reordenamiento de las cosas, no es un poema. Si no logra arrebatarnos del mundo para siempre, no es un poema.”

- (…) la tarea [del poeta] consiste en dejarse de pensar para dejarse hablar.”

 

Puesta en práctica:

 

(versión original)

 

donde la oscuridad es otro sol

el poema dice lo contrario de lo que mi lengua dice

 

en su cauce —animado por un viento nuevo— se desplaza

—tambaleante como un niño—

aquello que mi lengua todavía no sabe decir

 

esto es, lo que el poema aún no supo conquistar

con el ciego ardor de sus manos y sus remeros

 

(versión corregida y pulida)

 

donde la oscuridad es otro sol

el poema dice lo contrario de lo que el mar me escribe

 

y en su cauce, animado por un viento propicio, se desplaza

—tambaleante como un niño—

la nave que conduce

lo que mi lengua no sabe decirle

 

lo que el poema

aún no supo conquistar

con el turbio arrojo de sus remeros

 

Analía Pinto (para mi maestro, por tantas horas de felicidad compartidas en su “yerta” y por las horas por venir)

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Verseá tranquilo, con mi maestro

Hacer el verso 1999 - Marcelo di Marco Inconvenientes y situaciones de todo tipo me estuvieron impidiendo, en este último mes, ocuparme de mi querida fauna abisal. Incluso hoy mismo estoy con un resfrío bastante molesto que no deja de pedirme que me meta en la cama y chau, pero le prometí esta nota a mi maestro hace ya una semana y no le quiero fallar. Sobre todo, porque su libro me ayudó mucho más de lo que pueda parecer o de lo que él mismo pueda llegar a esperar.

Hacer el verso 2009 - Marcelo di Marco No es un libro más. Hacer el verso (Apuntes, ejemplos y prácticas para escribir poesía), no es un libro más. Y la razón (feliz razón) de esta nota es que los señores de Sudamericana (ahora Random House Mondadori, a través de su sello Debolsillo) han tenido la excelente idea –¡ya era hora!- de reeditarlo y ponerlo nuevamente al alcance de todos, como el maravilloso espantapájaros de Girondo. Así es: Hacer el verso, de Marcelo di Marco, la Biblia de los poetas en ciernes, en formación y en maceración está de nuevo en las calles.

Déjenme contarles brevemente de qué se trata y cuáles son, en mi opinión, sus puntos más fuertes. Son 100 notas ágiles, divertidas y amenas, escritas con la misma impronta que las del Taller de Corte & Corrección, sobre poesía. Sobre esa maravilla absoluta que es la poesía. O sobre cómo se hace (y se puede hacer) poesía. O sobre lo que significa poner a rodar un poema en el mundo, echar a volar versos sobre este hórrido mundo que vivir nos toca. O, más aún, sobre la delicada, maravillosa y visceral tarea que es ponerse a cincelar palabras como el orfebre, con paciencia infinita, realiza sus maravillas en el duro y frío metal. Pero eso no es todo: el libro trae, además, numerosos y útiles ejercicios, tanto para aquellos que apenas están dando sus primeros pasos en alas de Pegaso, como para aquellos que ya lo tienen bien domado (o eso creen, como fue el caso de una servidora). Por si eso fuera poco, sus dos golazos absolutos son, en mi opinión, la inclusión de gran cantidad de ejemplos poéticos de poesía argentina actual (y remarco esto bien remarcado, porque hubiera sido mucho más fácil y expeditivo buscar ejemplos en los grandes clásicos y chau) y las IMPERDIBLES (sí, así, con mayúsculas y subrayado) entrevistas a poetas argentinos que están (o estaban) escribiendo en esos/estos mismos momentos. No hay una entrevista en la que no se encuentre una gema, una pepita de oro puro lista para ser tomada por la mano ávida de conocimientos acerca de una de las cosas más inefables que hay en el mundo: la poesía, el poema.

Este libro llegó a mí en el verano del 2004. Me lo regaló uno de mis mejores amigos (y mi co-equiper literario del boletín y de otros proyectos que estamos actualmente pergeñando), Cristian Vaccarini. Lo encontró, como suele suceder, en la mesa de saldos de una de las grandes librerías de Corrientes y, conocedor de la trayectoria de di Marco, no dudó un instante en agenciarse un ejemplar para él y otro para su compinche literaria favorita. Yo conocía a Marcelo como quien dice “de oídas” (o “de vistas”), sabía quién era y lo que hacía, pero no había leído nada suyo aún. Al comenzar a leerlo (y a realizar los ejercicios propuestos) me di cuenta inmediatamente de dos cosas: una, que estábamos en la misma sintonía en lo que a entender la poesía y la literatura como una actitud de vida se refiere y, la otra, que si realmente quería que mi poesía fuera poesía y no sólo balbuceos de principiante adornados bonitamente iba a hacer muy bien en seguir las indicaciones propuestas en su libro.

Y así fue. La prueba más palpable de eso no fue sólo comprender más a fondo cómo funciona el proceso de creación artística (tan bien graficado en las expresiones “etapa volcánica” y “etapa quirúrgica”) si no ver, in vivo, los cambios que se producían en los poemas una vez que eran corregidos y revisados siguiendo muchas de las tácticas y prácticas propuestas por di Marco. No sólo estábamos en una misma sintonía en lo que se refiere a la práctica de la poesía sino también en lo que se refiere a la importancia de la corrección, de la revisión, de aquella “labor limae” a la que con tanto tino se referían los poetas griegos y latinos hace unos dos mil años aproximadamente. Es por eso, intuyo, que al momento de conocernos personalmente fue como si nos conociéramos de toda la vida y hoy día, cuando ya hace más de un año que concurro a su taller, me sigue pareciendo que Marcelo ha estado siempre ahí, guiándome y aconsejándome. Primero con sus libros, ahora con su palabra en vivo y en directo.

Animo, como siempre que alguien me ha preguntado por esto, a todas las personas con inquietudes poéticas valederas, que vayan más allá de unas rimas de ocasión o de la terapéutica descarga de emociones que no se sabe cómo canalizar por otro lado, a que consigan sin dilación este libro. No tiene sólo “lecciones”, por así decirlo, de poesía si no también de vida.

Para finalizar, algunas pastillitas del libro y la transcripción de un poema mío (me perdonarán la arrogancia) en su versión original y en su versión corregida y pulida siguiendo muchas de las propuestas de Hacer el verso:

 

Pastillitas:

- “Existe una enorme diferencia entre expresarse poéticamente, con garra, con delirio… y componer ‘versitos’ más o menos bonitos, palabritas dulzonas y con musiquita incorporada.”

- “En un mundo estúpido y diabólico, donde la mayoría ni siquiera puede cuestionarse para qué vive, la poesía no sólo es necesaria sino que justifica todo lo que de humano tienen nuestras acciones.”

- “Según Paul Eluard, poesía es ‘dar a ver’. Vivir como artista es encontrar otra manera de ver, para después decir.

Y una vez que el poema está escrito, le toca al otro, al lector: él completa el círculo, viendo.”

- “La ausencia de buena poesía en nuestra mesa de luz nos hace partir de una idea equivocada. Y se escribe, entonces, desde una imagen inventada de ‘poeta’, haciendo como que se escribe poesía. Todos los clichés hacen del afán de ‘hacer literatura’, de escribir bonito.”

- “A escribir se aprende escribiendo y, sobre todo, leyendo. A trabajar se aprende viendo procedimientos de otros poetas, para ir descubriendo los propios.”

- “Si el poema no conmueve, si el poema no encandila la mirada del otro y la dirige hacia ese deslumbrante reordenamiento de las cosas, no es un poema. Si no logra arrebatarnos del mundo para siempre, no es un poema.”

- (…) la tarea [del poeta] consiste en dejarse de pensar para dejarse hablar.”

 

Puesta en práctica:

 

(versión original)

 

donde la oscuridad es otro sol

el poema dice lo contrario de lo que mi lengua dice

 

en su cauce —animado por un viento nuevo— se desplaza

—tambaleante como un niño—

aquello que mi lengua todavía no sabe decir

 

esto es, lo que el poema aún no supo conquistar

con el ciego ardor de sus manos y sus remeros

 

(versión corregida y pulida)

 

donde la oscuridad es otro sol

el poema dice lo contrario de lo que el mar me escribe

 

y en su cauce, animado por un viento propicio, se desplaza

—tambaleante como un niño—

la nave que conduce

lo que mi lengua no sabe decirle

 

lo que el poema

aún no supo conquistar

con el turbio arrojo de sus remeros

 

Analía Pinto (para mi maestro, por tantas horas de felicidad compartidas en su “yerta” y por las horas por venir)

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Los ensayos de Montaigne

Michael Montaigne, Ensayos Completos, Notas prologales de E.M. Aguilera, Trad. de Juan G. Luaces (México: Porrúa, 2003)

He estado nuevamente leyendo los ensayos de Montaigne. Se dice que “concibe sus ensayos como una marquetería mal unida, y reivindica su desorden como prenda de su libertad y de su “buena fe”. Este desorden se debe también al propio modo de escribirlos: Montaigne pensaba en voz alta y un secretario (existieron tres sucesivos) tomaba nota del dictado”.

Casi al terminar el primer libro, escribe: “La reina Margarita de Navarra cuenta de un joven príncipe, al cual no menciona, aunque por su grandeza es harto conocido, lo siguiente: yendo este príncipe a una cita amorosa para dormir con la mujer de un abogado de París, pasaba su camino por en medio de una iglesia, y siempre que, yendo o viniendo, atravesaba aquel santo lugar, nunca dejaba de hacer oración ahí. Dejo al juicio del lector el ver de qué manera empleaba el príncipe el favor divino. No obstante, la reina Margarita alega este ejemplo como cosa de singular devoción. No es ésta la única prueba de la inepcia de las mujeres para discutir asuntos de teología“.

Qué interesante si Montaigne (1533-1592) hubiera conocido la Carta Athenagórica de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), esa respuesta a Sor Filotea de la Cruz (texto conocido también como Carta al obispo de Puebla). No imagino qué hubiera expresado al leer:

Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí y juntos no. Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por daros entera noticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.

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Los ensayos de Montaigne

Michael Montaigne, Ensayos Completos, Notas prologales de E.M. Aguilera, Trad. de Juan G. Luaces (México: Porrúa, 2003)

He estado nuevamente leyendo los ensayos de Montaigne. Se dice que “concibe sus ensayos como una marquetería mal unida, y reivindica su desorden como prenda de su libertad y de su “buena fe”. Este desorden se debe también al propio modo de escribirlos: Montaigne pensaba en voz alta y un secretario (existieron tres sucesivos) tomaba nota del dictado”.

Casi al terminar el primer libro, escribe: “La reina Margarita de Navarra cuenta de un joven príncipe, al cual no menciona, aunque por su grandeza es harto conocido, lo siguiente: yendo este príncipe a una cita amorosa para dormir con la mujer de un abogado de París, pasaba su camino por en medio de una iglesia, y siempre que, yendo o viniendo, atravesaba aquel santo lugar, nunca dejaba de hacer oración ahí. Dejo al juicio del lector el ver de qué manera empleaba el príncipe el favor divino. No obstante, la reina Margarita alega este ejemplo como cosa de singular devoción. No es ésta la única prueba de la inepcia de las mujeres para discutir asuntos de teología“.

Qué interesante si Montaigne (1533-1592) hubiera conocido la Carta Athenagórica de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), esa respuesta a Sor Filotea de la Cruz (texto conocido también como Carta al obispo de Puebla). No imagino qué hubiera expresado al leer:

Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí y juntos no. Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por daros entera noticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.

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